Acerca de cuidar lo valioso

Creo que pocas tareas son tan nobles como tener el privilegio de caminar junto a los chicos en el comienzo de sus vidas.
Acompañarlos mientras descubren el mundo, mientras lo prueban, lo exploran y empiezan a darle sentido, es una responsabilidad enorme y, al mismo tiempo, profundamente humana.

No se trata solo de enseñar contenidos escolares.
Se trata de ofrecer experiencias que los ayuden a crecer desde el juego, el movimiento, el arte, la música y desde todos aquellos lugares que despierten su curiosidad y su alegría de estar vivos.

He visto muchas escuelas donde los días se repiten sin emoción, donde los chicos miran el reloj esperando que llegue el recreo, la hora de Educación Física o el momento de encontrarse con sus amigos.
Y aunque todo eso es valioso, me niego a aceptar que sea lo único que los motive.

Los años de la infancia y la adolescencia son demasiado importantes como para perderlos en espacios que hace tiempo dejaron de despertar curiosidad, deseo y ganas de aprender.

Se suele decir que la escuela no tiene por qué ser divertida.
El problema es que una escuela aburrida no deja huellas, porque el cerebro no registra lo que no disfruta ni aquello a lo que no le encuentra sentido.

Estoy aquí para cambiar esa historia.
Con otros, en diálogo, en movimiento.

La escuela tiene que ser interesante.
Viva.
Emocionante.
Capaz de motivar y provocar intelectualmente.

Si logro que un chico sonría mientras aprende, que un docente vuelva a sentir que vale la pena, o que una familia recupere la confianza en la escuela como espacio de cuidado y crecimiento, entonces habré cumplido mi misión.

Porque educar, jugar, bailar o enseñar son distintas formas de lo mismo:
acompañar la vida en movimiento.

Y el momento para hacerlo es ahora.