Hubo una época —no tan lejana— en que los actos escolares premiaban la asistencia perfecta. Una medalla reluciente colgaba del cuello del alumno que, contra viento, lluvia y mocos, había logrado no faltar ni un solo día.
Más allá del objeto en sí, esa medalla celebraba algo que hoy parece estar en peligro de extinción: el valor de la escuela y del compromiso con la educación.
Hoy, en cambio, ese reconocimiento desapareció porque, dicen, discrimina.
Y es cierto: discrimina a quienes se olvidan de que la escuela existe.
Pero tal vez haya que actualizar los premios. Ya no para los chicos, sino para los padres que logran que sus hijos lleguen todos los días.
Porque, seamos sinceros, en la escuela primaria los chicos van o no van en función de la logística adulta.
Y ahí estamos los docentes, explicando por quinta vez el tema del día porque el «cronograma familiar» decidió que hoy no era un buen día para llevar a los hijos a la escuela.
Aunque últimamente —y esto ya roza el surrealismo— son los propios chicos los que tienen que insistirle a sus padres para que los lleven.
—Profe, perdón que llegué tarde.
—Tranqui Alma, ¿qué pasó?
—Es que hoy mi mamá no se quería levantar y nos dijo que nos quedáramos en casa pero hoy teníamos que presentar la maqueta, así que le insistí para venir.
Así, se invirtieron los roles: los chicos quieren ir, los padres bostezan. Una cosa de locos.
Y si de anécdotas hablamos, el momento de la salida, es decir, cuando los niños regresan a sus hogares, da para escribir un libro.
Parece chiste, pero es la escuela
Hace un par de años una madre se molestó porque la llamamos para que viniera a buscar a su hijo. Su respuesta fue memorable: «Esperen un poquito que está por terminar mi novela».
Otra, más reciente, atendió el teléfono con voz adormilada: «¿Ya es la hora de salida?», preguntó… a las doce del mediodía.
Así que, si algún día vuelve el premio a la asistencia, propongo reformularlo.
No más medallas para los niños. Que el galardón se lo lleve el adulto que logró despertar, vestir, alimentar y llevar a tiempo a su criatura sin que nadie llorara (ni el chico, ni el padre, ni la maestra).
Porque en estos tiempos, eso sí que es una hazaña digna de un podio.
Más allá de la logística y el cansancio diario, ¿en qué momento dejamos de ver a la asistencia como un compromiso innegociable con el futuro de nuestros chicos?