Hay objetos escolares que parecen tener vida propia:
lápices que desaparecen…
gomas que se desintegran misteriosamente…
reglas que viajan entre mochilas…
y tantos más…
Pero hay uno que directamente trasciende las leyes de la física:
el cuaderno de comunicaciones.
Ese noble cuaderno, puente entre escuela y familia, que los maestros escribimos con la fe de un monje medieval copiando pergaminos, es ignorado por las familias con la devoción de quien contempla una pared en blanco.
—Por favor, decile a tu familia que lo firme.
—Sí, es que… (y aquí esgrimen todos los argumentos que tan bien aprendieron a lo largo de los años, para justificar a sus familias por el incumplimiento)
Y así, día tras día, ese cuaderno regresa intacto, impoluto, sin una firma, sin un gesto, sin una mínima señal de vida.
Entonces empezamos a desplegar nuestra creatividad pedagógica en su máximo esplendor:
«Dejáselo en la cama, así cuando se acuesta lo ve y recuerda firmarlo.»
«Ponelo en la mesa cuando desayunan, justo entre el mate y la tostada.»
«Arriba del inodoro, pero con la tapa cerrada, por favooor Juancito»
«O incluso arriba de la cocina, eso sí, cuando esté apagada, por supuesto, no vaya a ser cosa que el cuaderno termine firmado… y carbonizado.»
Anécdota
Siguiendo mis consejos una alumna, aplicada y obediente, decidió tomar demasiado literalmente una de estas sugerencias.
Lo hizo. Dejó el cuaderno encima de la cocina.
Y fue retada por la madre:
«¡¿Cómo vas a dejar esto acá?! ¡Es peligroso!«.
Por suerte, no reveló la autoría intelectual de la idea.
Lo más irónico es que no pedimos tanto. No pedimos que redacten un ensayo ni que reflexionen filosóficamente sobre la nota. Solo una firma. Un garabato. Una línea torcida que diga:
«sí, me enteré de que mi hijo existe entre las 8 y las 13 horas«.
Pero no. Parece que esa firma implica un esfuerzo sobrehumano.
Por eso, incluso les recordamos a los chicos:
«dejale la lapicera al lado, por favor, no vaya a ser que el peregrinaje hasta el cajón la haga desistir del acto heroico de firmar».
Lo que más duele es que detrás de todo esto hay algo profundamente triste: esa firma era —y debería seguir siendo— la forma más simple de decir «estoy presente, te acompaño, me importa tu escuela».
Pero parece que hoy la educación tiene que competir con la almohada, con la serie, con el celular, con la enajenación.
Y así seguimos: escribiendo, rogando, inventando estrategias cada vez más absurdas para que un adulto, en algún rincón de la casa, se digne a tomar una lapicera y firmar un cuaderno que ya nadie lee, pero que todavía —al menos los maestros— seguimos creyendo sagrado.
Si el cuaderno es el puente entre la escuela y la casa, ¿qué pasa con el niño cuando siente que nadie cruza ese puente para encontrarse con él?