Hay un fenómeno fascinante (y preocupante) que se repite en las escuelas con una constancia digna de estudio antropológico.
Familias que llegan con un reclamo firme, indignado y perfectamente armado:
«¿Cómo puede ser que usted no haya hecho nada?».
El tono no es de pregunta. Es de veredicto.
El problema es serio. Le pasó algo al niño. Algo importante. Algo que, claro está, nadie le contó al docente. El chico no lo mencionó en la escuela, solo se lo rumoreó a la familia.
Pero aún así, la responsabilidad recae completa y exclusivamente sobre el maestro. Porque, evidentemente, no actuó. ¿Sobre qué?
Misterio. Pero no actuó.
El docente explica que no estaba al tanto. Que el niño no dijo nada. Que en su actitud diaria no había ningún tipo de indicio de que la estuviera pasando mal en la escuela.
Error garrafal. GRAVÍSIMO.
Porque en la escuela del mundo al revés, no saber no exime de culpa.
Al contrario: agrava la negligencia. ¿Cómo no supo? ¿Cómo no se dio cuenta? ¿Cómo no intuyó ni supo leer las “señales”?
Ahí es donde se redefine el rol docente. Ya no alcanza con enseñar, observar, acompañar y escuchar.
Ahora también hay que adivinar. Leer entre líneas que no existen. Detectar silencios que no se manifiestan. Interpretar gestos neutros como pedidos de auxilio.
El docente como una mezcla de psicólogo, detective y médium, pero sin bola de cristal, sin gabinete y sin información previa.
Lo más interesante es el desplazamiento del foco.
En lugar de preguntarse si el niño se siente con la confianza suficiente para hablar, si encuentra en los adultos un espacio de escucha real, si aprendió que puede pedir ayuda… no. Nada de eso.
Es mucho más práctico buscar un responsable externo.
Y ahí aparece el docente, siempre disponible para cargar con la culpa.
Plantear que el chico no pudo o no supo decir lo que le pasaba implicaría revisar algo incómodo: la comunicación. El vínculo. Los espacios de diálogo.
Mucho más sencillo es asumir que el maestro debía saberlo todo. Incluso lo no dicho. Incluso lo oculto. Incluso lo que el propio niño no pudo nombrar.
Así, el docente pasa a ser acusado por no intervenir en una situación que desconocía, por no actuar ante un problema invisible y por no haber tenido la clarividencia suficiente para anticiparse a lo que nadie expresó.
Y si intenta explicarlo, peor aún: su aclaración suena a excusa. Porque en esta lógica, la explicación nunca absuelve. Solo confirma la culpa.
—Horacio, acá vengo a hablar con ustedes por lo que le pasó a Martina. Mi nena siempre llega llorando, me dice que algunas compañeritas le hacen bullying y eso yo no lo voy a permitir.
—A ver Martín, la realidad es que Martina nunca nos dijo lo que le pasaba y realmente nosotros no vimos ninguna situación que ameritara una intervención.
—Pero mirá si no se van a dar cuenta que mi hija estuvo angustiada. ¿No se dieron cuenta que no vino dos días a la escuela?
—Sí, pero nosotros llamamos al tercer día para saber qué sucedió. Y la verdad es que en clase ella nunca mostró señales de angustia. La veíamos como siempre.
—Yo no sé que hacen ustedes pero yo no me voy de acá sin una respuesta. Y si no, voy a agarrar a las familias de esas nenas y vamos a arreglar cuentas.
Esta situación fue real y me entristece afirmar que es más común de lo que uno podría imaginar.
Mientras el adulto achaca responsabilidades a la escuela, el niño queda en un segundo plano.
Su voz, ausente.
Su dificultad para hablar, intacta.
Su necesidad de construir confianza, sin atender.
Lo urgente no es que el chico pueda decir, sino que alguien pague por no haber adivinado.
Tal vez valga la pena invertir la pregunta. No “¿por qué el docente no hizo nada?”, sino “¿qué necesitamos cambiar para que un niño se anime a contar lo que le pasa?”.
Pero claro, eso implica un trabajo más largo, más incómodo y menos espectacular que señalar con el dedo.
Porque exigirle al docente que sea adivino es fácil.
Construir confianza, no tanto.
¿Qué pasaría si, en lugar de buscar un culpable por no haber adivinado, pusiéramos esa misma energía en preguntarnos por qué ese niño no encontró la confianza para decir lo que sentía en el momento apropiado?