Hay un momento en la escolaridad primaria en que cambian las prioridades. No ocurre de un día para el otro, pero se percibe con claridad: alrededor de quinto grado, las familias comienzan a soltar la mano del acompañamiento escolar.
Dejan de revisar las carpetas, de preguntar qué tareas tienen, de asegurarse que la cartuchera esté completa o que hayan estudiado para la prueba.
Creen que ya son grandes, que pueden solos, y los abandonan a una suerte de autonomía prematura que poco tiene de verdadera independencia.
Pero, curiosamente, cuando llega la antesala del séptimo grado, se enciende una fiebre colectiva: la del buzo y el viaje de egresados.
En esos dos casos la participación se enciende de manera descontrolada: aparecen discusiones (hasta peleas), presupuestos, rifas, comisiones de padres.
Esa interacción que estuvo dormida desde la organización de la “Promesa a la Bandera” en cuarto grado, reaparece con toda su intensidad.
En el caso de los buzos, el grupo de WhatsApp se prende fuego porque todos, chicos y grandes, están en la “misión” de decidir colores, letras, logos, frases.
Se pelean por el diseño del buzo como si se tratara de una causa nacional, mientras el acompañamiento académico —el que realmente debería importar— queda relegado a algún que otro comentario aislado en el grupo de chat.
—¿Viste el diseño que mandaron al grupo?
—Sí, el de la montaña. Me encantó.
—A mí también, pero la frase no me convencía.
—“Promoción 2026, imposible olvidarnos”.
—Claro, esa. Yo quería algo más original.
—Bueno, pero ya votaron los chicos.
Comentarios sobre el buzo: 250
Comentarios sobre la escuela: 3 (dos de ellos son de una mamá que protesta porque la maestra dio mucha tarea)
«…el acompañamiento académico —el que realmente debería importar— queda relegado a algún que otro comentario aislado en el grupo de chat.»
Encima no todo termina ahí: una vez decidido el modelo, viene la fase de llevar los buzos a la escuela para que se los prueben, para revisar los talles, para sacar la foto que inmortalice ese momento.
Y ni hablar respecto a lo que sucede con el viaje.
Durante todo séptimo grado, los chicos cuentan los días que faltan, venden rifas, planifican despedidas.
Las familias discuten si el hotel tiene pileta o si el traslado será en micro o avión. En el medio, el aprendizaje se disuelve. El contenido escolar deja de ser protagonista para transformarse en un telón de fondo cada vez más borroso.
La ironía es dolorosa: se celebra el final de un camino que muchos transitaron sin mirar demasiado por dónde iban.
El buzo se vuelve el símbolo de una pertenencia vacía, una insignia que muchas veces no representa esfuerzo ni aprendizaje, sino consumo, estética y cierto sentido de identidad grupal compartida.
Y el viaje, más que un cierre educativo, se convierte en una forma de cumplir con un ritual social: “que no se queden sin su viaje”, aunque a veces no sepan ni escribir una frase con coherencia o no puedan resolver una operación básica.
Así, mientras las familias se preocupan por el color exacto del buzo o por si la empresa del viaje ofrece fotos profesionales, la escuela —la verdadera, la del aula, la del trabajo cotidiano, la del esfuerzo— se apaga silenciosamente.
El egreso se celebra, sí, pero no el aprendizaje.
Y entonces uno se pregunta:
¿De qué sirve un buzo con un diseño perfecto si debajo no hay una historia de esfuerzo?
¿De qué vale un viaje de egresados si durante años el viaje del conocimiento fue abandonado en la primera curva?
La educación no necesita más buzos ni más fotos de despedida.
Necesita más presencia, más acompañamiento, más familias que entiendan que el verdadero viaje —el que transforma— empieza en el aula y no en un micro hacia el parque de diversiones.
¿Estamos ayudando a los chicos a cerrar una etapa con sentido o solo a cumplir con una tradición?