La escuela no se sostiene solamente con contenidos, planificaciones o buenas intenciones. También se sostiene con algo mucho más básico: la asistencia, la continuidad y el compromiso cotidiano. Sin embargo, con demasiada frecuencia, la ausencia de un estudiante se vive como un hecho menor, casi intrascendente, como si faltar a clase no interrumpiera ningún proceso y como si después fuera posible retomar todo sin consecuencias.
El faltazo pone el foco justamente en esa escena tan habitual como incómoda: las razones se multiplican, las explicaciones se contradicen, la falta se naturaliza y nadie parece preguntarse seriamente qué ocurre con aquello que el alumno no aprendió durante su ausencia. Porque el problema no termina el día que no vino. El problema reaparece cuando regresa a la escuela sin saber qué se trabajó, sin haber recuperado nada y con la expectativa, explícita o implícita, de que el docente vuelva atrás para reincorporarlo. Y entonces lo que parecía un asunto individual termina afectando al grupo entero.
A veces se habla mucho del derecho a la educación, pero se habla poco de las condiciones concretas que hacen posible ese derecho. Una de ellas, elemental, es la presencia sostenida del alumno en la escuela. Otra, no menos importante, es la responsabilidad de la familia frente a las ausencias. No alcanza con justificar que no fue: también hay que hacerse cargo de lo que esa falta interrumpe y de lo que hará falta para reparar esa interrupción.
La escuela puede comprender imprevistos, enfermedades o situaciones reales de dificultad. Lo que no puede hacer, sin deteriorarse, es funcionar sobre la base de faltas livianamente decididas y aprendizajes siempre postergados. Cuando eso ocurre, el docente queda forzado a ralentizar, repetir y reexplicar, mientras el grupo que sí sostuvo la continuidad debe esperar. Y ahí ya no estamos frente a un problema individual: estamos frente a una forma de desvalorizar la experiencia escolar.
¿Cuánto del desorden escolar que después se le reclama a la escuela empieza, en realidad, en la liviandad con la que los adultos deciden que un chico falte?