Hablar del «uniforme» de Educación Física en la escuela pública es casi una ironía. No se pide nada costoso, ni exclusivo, ni con escudo bordado: un simple pantalón de jogging, una remera cómoda y zapatillas.
Nada más.
Sin embargo, cumplir con eso parece un desafío monumental.
Especialmente entre las chicas, que priorizan la estética antes que la funcionalidad. Vienen con jeans ajustados, con la ropa «que les gusta», como si estudiar Matemática y Educación Física, fueran lo mismo.
Y claro, cuando llega la hora de moverse, no pueden hacerlo.
De este modo, lo que parece una elección de estilo es, en realidad, una barrera física: el cuerpo queda confinado a una postura estática, donde la ropa «linda» impide el despliegue de la fuerza o la agilidad, reforzando la idea de que la imagen vale más que la capacidad de acción.
En consecuencia, para evitar que los estudiantes pierdan la hora sin hacer nada, el docente hace uso de un último recurso: hoja, birome y trabajo escrito como alternativa.
Lo peor es que ni siquiera es una sanción o una excepción: tristemente se convierte en algo habitual.
Notas que nadie lee
El docente insiste, envía notas, recuerda las normas. Pero esas notas terminan en el fondo de una mochila que ni siquiera llega a casa.
Porque muchas veces no hay cuaderno, o si lo hay, nadie lo revisa.
No hay seguimiento familiar, no hay acompañamiento.
La escuela comunica, pero nadie escucha. Y los estudiantes lo saben: saben que si no traen la ropa, no pasa nada. Harán el trabajo escrito, entregarán la hoja y listo. Así la falta de compromiso se disfraza de «opción válida».
El intercambio es injusto: cambiamos el movimiento, la socialización y el aprendizaje motor por un par de párrafos copiados con desgano en una hoja de carpeta que terminará en el tacho.
No solo falta el jogging; falta el sentido del porqué estamos ahí.
Naturalizar la omisión
El problema no es solo la ropa, sino lo que simboliza: la naturalización del «da lo mismo». No importa si hay que correr, si hay que participar, si hay reglas.
Se diluye toda idea de responsabilidad o de consecuencia. Si no hacen la clase, no rinden; si no rinden, igual pasan. Y si faltan, tampoco pasa nada.
Se instala la idea de que todo es opcional, de que todo se puede reemplazar con un papel, una excusa o una sonrisa.
Anécdota
Hace no mucho tiempo tuve un intercambio con una estudiante que afirmaba con vehemencia que la escuela no los podía obligar a hacer cosas que ellos no querían o no les gustaba hacer.
En este caso se trataba de una actividad de Educación Física, en la cual la alumna decidió no participar porque la propuesta no la convocaba.
¿Qué sucede con estas generaciones en relación a lo obligatorio, a aquello que no genera placer a corto plazo pero que prepara para un mejor futuro? ¿Qué actitud deberíamos tomar los adultos?
Un síntoma de algo más grande
Como adultos —padres, madres, tutores—, a veces confundimos el apoyo a nuestros hijos con la validación de sus caprichos.
Si el mensaje que llega de casa es que «si no te gusta, no lo hagas«, estamos despojando a la escuela de su principal herramienta formativa: la de enseñar a habitar espacios y sostener las propuestas, independientemente de las ganas, la motivación o el esfuerzo que requieran.
De este modo, la escuela se convierte en un espacio que solo «invita».
Y en una sociedad que ya casi no distingue entre derecho y obligación, la invitación suena más a sugerencia que a compromiso.
¿Estamos criando hijos preparados para enfrentar la realidad o los estamos convenciendo de que el mundo siempre se adaptará a sus deseos? ¿Qué mensaje les damos cuando, por acción u omisión, validamos que la comodidad personal está por encima del compromiso con la institución?