El viaje de egresados y el espejismo de los adultos

Cuando el viaje deja de ser de los chicos

Profesor Horacio · 3 min.

Cada año se repite el mismo ritual: las familias comienzan a discutir con fervor casi religioso el destino del viaje de egresados.

Se arman grupos, se comparan presupuestos, se analizan destinos, se sueña con horizontes lejanos.

La escena parece inocente, pero detrás de ese entusiasmo se esconde, muchas veces, el deseo de una generación de adultos que pretende recuperar, a través de sus hijos, algo de la infancia o la juventud que no tuvo.

El problema es que, en esa búsqueda de «el mejor viaje», se pierde de vista lo esencial.

Se olvida que los chicos no ponen el foco en el lugar, en la fiesta de disfraces, en la categoría del alojamiento o en la pileta. Ellos solo quieren ir juntos, compartir, cerrar una etapa (siempre y cuando el grupo termine de un modo más o menos unido).

El valor del viaje está en el “nosotros”, no en el “dónde”. Pero pareciera que los adultos, atrapados en su propia nostalgia, necesitan convencerse de que cuanto más lejos o más caro, mejor la experiencia.

He llegado a presenciar situaciones absurdas: padres que proponen lugares carísimos, sabiendo que la mitad del grupo no podrá pagar; chicos que quedan afuera porque sus familias no logran juntar el dinero pese a las rifas y colectas que eventualmente se puedan organizar.

Anécdota

Recuerdo mi propio viaje de primaria: fuimos a El Bolsón, a poco más de 130 kilómetros de Bariloche. Nadie se quejó por lo cercano.  Fuimos prácticamente todos y eso era lo único que importaba. Nadie soñaba con Carlos Paz o con la costa. Lo importante era la experiencia, no el mapa.

Pero con los años, algo se distorsionó. El viaje dejó de ser una vivencia escolar compartida para convertirse en un trofeo de consumo, una marca de estatus, un rito de validación adulta.

Lo más triste es que, en muchos casos, el viaje se hace porque “hay que hacerlo”, porque “todos lo hacen”, porque “es tradición”. Pocos se preguntan ya por qué o para qué.

Y ese es el verdadero problema: cuando una experiencia deja de tener sentido y se vuelve pura forma, pierde su esencia educativa y emocional. Si el viaje no une sino que excluye, divide, ¿de qué despedida estamos hablando?

En más de una escuela me ha tocado ver cómo, de veinticinco estudiantes, sólo cinco o seis van al viaje. O incluso cómo en dos divisiones de un mismo séptimo, han ido a lugares distintos.

También he sido testigo de familias que han optado, frente al requerimiento de su hijo, por regalarle un celular en lugar de pagarle el viaje. ¿Qué habrá pasado en la escolaridad de ese niño que lo lleva a hacer esta elección? Y qué es lo que privilegian las familias cuando lo consideran una opción válida y equivalente.

Tal vez haya que volver a pensar el viaje de egresados desde su origen: un cierre, un abrazo colectivo, una memoria compartida.

No un catálogo de destinos, sino un espacio de encuentro.

Un espacio en el que la geografía sea el último de los factores a considerar.

Porque al final, los chicos no recordarán cuántos kilómetros viajaron, sino con quienes compartieron el viaje.

Y eso —justamente eso— es lo que los adultos parecieran haber olvidado.

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