El viaje de egresados y el espejismo de los adultos

Cuando el viaje deja de ser de los chicos

Profesor Horacio · 4 min.

Cada año se repite el mismo ritual: las familias comienzan a discutir con fervor casi religioso el destino del viaje de egresados.

Se arman grupos, se comparan presupuestos, se analizan destinos, se sueña con horizontes lejanos.

La escena parece inocente, pero detrás de ese entusiasmo se esconde, muchas veces, el deseo de una generación de adultos que pretende recuperar, a través de sus hijos, algo que no tuvo en su infancia o juventud

El problema es que, en esa búsqueda de «el mejor viaje»,  se pierde de vista lo esencial.

Se olvida que los chicos no ponen el foco en el lugar, en la fiesta de disfraces, en la categoría del alojamiento o en la pileta. Ellos solo quieren ir juntos, compartir, cerrar una etapa (siempre y cuando el grupo termine de un modo más o menos unido).

El valor del viaje está en el «nosotros», no en el «dónde». Pero pareciera que los adultos, atrapados en su propia nostalgia, necesitan convencerse de que cuanto más lejos o más caro, mejor la experiencia.

A lo largo de mi carrera he presenciado situaciones que me han dejado con más interrogantes que certezas:

Padres que proponen lugares carísimos, sabiendo que la mitad del grupo no podrá pagar; chicos que quedan afuera porque sus familias no logran juntar el dinero pese a las rifas y colectas que eventualmente se puedan organizar.

Viajes de egresados al que asisten ocho estudiantes, en un grupo de veinticinco.

Dos divisiones de un séptimo de la misma escuela yendo por separado y a lugares distintos. 

Familias que han optado, frente al requerimiento de su hijo, por regalarle un celular en lugar de pagarle el viaje. 

En este último caso…

¿Qué habrá pasado en la escolaridad de ese niño que lo lleva a hacer esta elección?

¿Qué es lo que privilegian las familias cuando consideran una opción válida y equivalente el regalar un objeto en lugar de regalar una experiencia de vida?

Anécdota

Recuerdo mi propio viaje de primaria: fuimos a El Bolsón, a poco más de 130 kilómetros de mi escuela. Nadie se quejó por lo cercano.  Fuimos prácticamente todos y eso era lo único que importaba. Nadie soñaba con Carlos Paz o con la costa. Lo importante era la experiencia, no el mapa.

Pero con los años, algo se distorsionó. El viaje dejó de ser una vivencia escolar compartida para convertirse en un trofeo de consumo, una marca de estatus, un rito de validación adulta.

Lo más triste es que, en muchos casos, el viaje se hace porque “hay que hacerlo”, porque “todos lo hacen”, porque “es tradición”.

Pocos se preguntan ya por qué o para qué.

Y ese es el verdadero problema: cuando una experiencia deja de tener sentido y se vuelve pura forma, pierde su esencia educativa y emocional.

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Un buzo de egresados gris colgado de una percha de madera sobre un fondo que simula un papel arrugado, con el texto "PROMOCIÓN 2026".

El buzo, el viaje y la escuela olvidada

El buzo y el viaje movilizan a familias y alumnos, mientras el verdadero viaje —el del aprendizaje— queda relegado a un segundo plano.

No obstante, también hay que dejar en claro que no todos los viajes lejanos responden necesariamente a ese espejismo.

Hay familias que pueden hacerlo sin excluir a nadie y grupos que logran sostener la experiencia compartida aún en destinos más ambiciosos.

No se trata de demonizar los viajes largos ni de idealizar los cercanos.

La cuestión, quizás, pasa por otra parte: por preguntarnos desde dónde elegimos.

Si lo hacemos pensando en lo que los chicos realmente necesitan para cerrar una etapa juntos, o si, sin darnos cuenta, terminamos proyectando en ese viaje nuestros propios deseos o nostalgias.

Tal vez haya que volver a pensar el viaje de egresados, con la mirada puesta en  un cierre, un abrazo, una memoria compartida.

Que el viaje no se convierta en un catálogo de destinos, sino en un espacio de encuentro.

Un espacio en el que la geografía sea el último de los factores a considerar.

Porque al final, los chicos no recordarán cuántos kilómetros viajaron, sino con quienes compartieron el viaje.

Y eso —justamente eso— es lo que muchos adultos parecieran haber olvidado.

Para pensar

¿Estamos acompañando el cierre de una etapa de nuestros hijos o estamos intentando revivir, a través de ellos, la juventud que sentimos que se nos escapó?

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