Hay una frase que aparece una y otra vez en reuniones, mensajes y conversaciones informales:
«En casa tuvimos que volver a estudiar el tema para poder explicárselo, encima imagínese profe que nosotros hace mucho terminamos la escuela».
Se dice con cansancio, con resignación y casi siempre como si fuera lo normal
Pero no lo es.
O, al menos, no debería naturalizarse.
Porque hay un error conceptual de fondo: la enseñanza es responsabilidad de la escuela, no del hogar.
Las familias pueden acompañar, sostener hábitos, preguntar a sus hijos cómo les fue y verificar que destinen el tiempo necesario a cumplir con sus obligaciones escolares.
Pero no deberían convertirse en docentes paralelos para que el aprendizaje ocurra.
Cuando el aprendizaje depende de que en casa alguien se siente a «explicar de nuevo», se abre una pregunta inevitable:
¿Qué está pasando en el aula?
Una posibilidad es que exista un vacío metodológico:
- Explicaciones demasiado rápidas, a veces por no prever el tiempo necesario.
- Poca práctica guiada.
- Consignas que muchas veces no se revisan en el grupo antes de darse como tarea.
A veces el docente «da» el tema, pero no construye el aprendizaje.
Sucede también que en ocasiones las actividades que se dan para el hogar proponen un tipo de pensamiento o habilidad cognitiva que no condice con el modo en que se abordó en clase.
Otra posibilidad es que el docente sí enseñe de un modo coherente y articulado, pero que el grupo sea muy heterogéneo y el sistema no le dé herramientas ni apoyos reales para atender esa diversidad.
El problema ahí no es solo individual: es estructural. De todos modos, el resultado es el mismo: el aprendizaje se terceriza.
Y hay una tercera variable que suele omitirse: la familia que refuerza no es igual para todos.
Si la escuela se acostumbra a que «en casa lo explican», en realidad está privilegiando a aquellos niños cuyos padres tienen tiempo, formación y paciencia, y quitándoles la posibilidad a aquellos adultos que no cumplen con estos requisitos.
«El refuerzo familiar como norma no solo es injusto, también profundiza la desigualdad.»
Quizás el punto de equilibrio sea asumir que la familia acompaña, la escuela enseña.
Si esa frontera se rompe, lo que queda es un modelo educativo donde aprender depende de la suerte de haber nacido en una casa con tiempo, calma y capital cultural. Y eso está lejos de promover igualdad de oportunidad. Es simple lotería.
Si tantas familias sienten que deben «dar clase en casa», el foco debería estar puesto en qué aspectos necesita la propuesta escolar ser ajustada para que el aprendizaje ocurra donde debe ocurrir: en el aula, con el docente, con práctica, con feedback, con tiempos reales de comprensión
Porque si el aprendizaje depende de la familia, entonces no estamos evaluando conocimientos: estamos evaluando hogares.
Y eso sí que sería un error metodológico grave.
¿Qué modelo educativo estamos sosteniendo cuando el refuerzo familiar se vuelve imprescindible?