Hay una frase que se repite con una facilidad llamativa cada vez que aparece alguna dificultad en la escuela: «las familias hacen lo mejor que pueden».
Se dice con buena intención, casi siempre desde un lugar empático, y suele cerrar cualquier intento de análisis posterior.
La frase funciona como un punto final. Y justamente ahí aparece el problema.
Porque más allá de su carga humana, esta afirmación no es un dato, no es una evidencia ni un diagnóstico: es una creencia .
Una creencia socialmente aceptada que, al no cuestionarse, termina operando como un límite para pensar sobre lo que realmente está pasando.
Entre la empatía y la parálisis
Decir que todas las familias hacen lo mejor que pueden supone varias cosas al mismo tiempo. Supone que no hay margen de decisión, que no existen prioridades posibles, que todo comportamiento está determinado únicamente por condiciones externas.
Y, sobre todo, supone que no hay nada que revisar, nada que interpelar, nada que ajustar.
Sin embargo, la experiencia cotidiana en la escuela muestra un escenario más complejo.
Si bien es cierto que hay familias que efectivamente hacen enormes esfuerzos en contextos muy adversos, también hay situaciones —muchas— en las que la educación no está entre las prioridades, aun cuando existirían márgenes para que sí lo estuviera.
De la imposibilidad a la decisión
Decir todo lo anterior no implica juzgar moralmente a nadie, sino reconocer que no todas las dificultades son estructurales: algunas son decisiones.
- Elegir no revisar nunca una mochila.
- Elegir no asistir a una reunión pautada.
- Elegir no sostener horarios mínimos.
- Elegir delegar completamente en la escuela cualquier dimensión educativa.
No siempre es «no poder». A veces es no elegir.
El problema de la frase «hacen lo mejor que pueden» es que borra esa diferencia.
Coloca en el mismo plano situaciones profundamente desiguales y convierte cualquier consecuencia escolar en algo inevitable, casi natural.
Si todo es producto del contexto, entonces nadie es responsable de nada.
Y cuando nadie es responsable, el peso recae siempre en el mismo lugar: la escuela.
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La escuela como observadora de efectos
La escuela, sin embargo, no tiene acceso a la intimidad de cada familia.
No puede —ni debe— meterse en la biografía de cada uno, en sus condiciones laborales o historias personales.
La escuela trabaja con otra cosa: con efectos. Con lo que llega todos los días al aula. Con lo que se repite. Con lo que no sucede y debería suceder.
Hablar desde los efectos no es hablar «desde afuera». Es hablar desde un lugar de observación concreto, sostenido en el tiempo, donde las consecuencias de ciertas decisiones —o ausencias— se vuelven visibles en los aprendizajes, en los hábitos, en los vínculos con el saber.
Pedir responsabilidad no es pedir perfección.
No se trata de exigir familias ideales, presentes todo el tiempo, expertas en pedagogía.
Se trata de reconocer que educar no es una tarea que pueda tercerizarse por completo sin costos. Y que cuando esos costos aparecen, alguien tiene que poder nombrarlos.
Aceptar sin discusión que «las familias hacen lo mejor que pueden» puede ser tranquilizador, pero también es pedagógicamente estéril. Porque clausura la posibilidad de construir un verdadero pacto educativo, basado no en la culpa, sino en la corresponsabilidad.
La escuela no necesita discursos que la absuelvan de pensar. Necesita palabras que permitan entender por qué ciertas cosas no están funcionando y qué lugar ocupa cada actor en ese entramado.
A veces, para cuidar de verdad, no alcanza con comprender: también hace falta interpelar.
Nombrar eso no es falta de empatía.
Es, quizás, el primer paso para que algo pueda cambiar.
¿Qué parte de la educación de nuestros hijos estamos delegando por imposibilidad real y qué parte por comodidad?
Si aceptamos que todos hacen lo mejor que pueden, ¿quién se hace cargo de lo que nadie está haciendo?