El guardapolvo, ese símbolo perdido

Cuando el tejido escolar se deshilacha

Profesor Horacio · 3 min.

Alguna vez, el guardapolvo blanco fue un símbolo de orgullo y de pertenencia.

Hoy parece más bien una prenda opcional, un accesorio decorativo que los chicos usan cuando les queda bien, cuando se acuerdan, o cuando tienen ganas.

Porque en la escuela pública, las normas suelen convertirse en sugerencias.

Anécdota

Este año me pasó algo revelador. Le prometí a un alumno un alfajor si traía el guardapolvo puesto toda la semana.

Y lo trajo. Los cinco días.
Perfecto, impecable.
Entonces no era un problema económico.

No era que la familia no podía, ni que el guardapolvo estaba roto, ni que se había perdido.

Era simple: no quería traerlo. Y lo trajo por un alfajor.

Así de bajo está el listón.

Muchas familias, por su parte, ya ni miran cómo vienen sus hijos a la escuela. No revisan mochilas, no revisan cartucheras, y mucho menos si el guardapolvo está limpio, planchado o siquiera presente.

Para pensar

Pareciera que la rigurosidad en la vestimenta es hoy un privilegio de la escuela privada. En la pública, el guardapolvo se convirtió en una prenda accesoria, cuya ausencia nadie se anima a cuestionar.

¿En qué momento el guardapolvo perdió su valor simbólico?

En general, ya no se recuerda que su función era homogeneizar, borrar diferencias de clase, hacer que todos se vieran como parte de un mismo colectivo. Hoy esa idea suena romántica, casi ingenua.

Y claro, cuando uno intenta hacerles notar que el guardapolvo no es parte de un outfit opcional, sino un símbolo de la escuela pública, las respuestas son insólitas:

Mi mamá lo está lavando”, un miércoles.

Como si el lavado del guardapolvo fuera un evento extraordinario que no admite previsibilidad ni planificación.

¿No sería razonable lavarlo el fin de semana para tenerlo disponible el lunes?

El sentido común dice que sí, pero no suele ocurrir.

Ni hablar de los que lo traen sucio, con manchas de chocolatada que datan de la prehistoria, con botones faltantes o directamente abierto como una bata de laboratorio.

Y no, no hablo de familias sin recursos (en cuyo caso podríamos pensar en argumentos un poco más razonables).

Hablo de prioridades.
De falta de registro.

Porque lo que antes era un símbolo de respeto y pertenencia, hoy es apenas una tela blanca olvidada en algún rincón.

Todo parece opcional.
Todo parece negociable.
Hasta el guardapolvo.

Para pensar

¿Es el guardapolvo un rito del pasado que ya no tiene lugar en el siglo XXI, o es el último refugio de igualdad que nos queda en la escuela pública? ¿Qué perdemos realmente cuando dejamos que se deshilache?

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