Todos tenemos ese alumno que es un experto en el arte de la evasión fiscal.
Empieza marzo, le das el primer cuadernillo y la frase «mañana le pido a mis papás que te manden la plata» se convierte en el hit del año.
Pasan los meses, las hojas se van acumulando y vos te convertís en una mezcla de docente y cobrador de deudores morosos.
Basada en hechos reales (y en mi propia billetera), acá les comparto la saga de las fotocopias y sus tres finales más comunes.
La complejidad de lo que no se ve.
Más allá de la anécdota —que puede despertar desde ternura hasta una mezcla de frustración y risa—, la historieta nos invita a pensar en la asimetría de prioridades.
Como docentes, solemos poner el cuerpo (y el bolsillo) para que la continuidad pedagógica no se corte, asumiendo que del otro lado hay una dificultad.
Sin embargo, el aula nos devuelve espejos muy distintos: desde el ahorro para un sueño familiar, pasando por el olvido cotidiano, hasta el contraste de ver un celular de alta gama conviviendo con una deuda de marzo.
No se trata de juzgar, sino de visibilizar esa carga invisible que el docente lleva consigo y que, muchas veces, se resuelve en silencio.
¿En qué momento naturalizamos que el docente debe financiar de su propio bolsillo el desinterés o la falta de compromiso de las familias?