Hay escenas que quedan grabadas para siempre. Como aquella vez en que una salida pedagógica estuvo a punto de suspenderse por falta de acompañamiento familiar.
Cuarenta familias.
Dos secciones.
Cuarenta posibilidades de respuesta.
¿El resultado? Cero respuestas
Ni un sí.
Ni un no.
Ni una excusa.
Ni una explicación.
Nada.
El cuaderno de comunicaciones volvió vacío, con una firma de notificado, en unos pocos casos.
Si eso no es indiferencia, ¿qué es?
Contexto
En Bariloche, todos los estudiantes de quinto grado de las escuelas públicas tienen la posibilidad de pasar una semana en el Cerro Catedral aprendiendo a esquiar de forma gratuita. El Gobierno provincial aporta los recursos, la logística y el equipo docente para que esa experiencia sea posible.
A la escuela —y a quienes estamos al frente del aula— nos corresponde una parte clave: gestionar el acompañamiento de las familias.
Fue en ese punto donde ocurrió lo inesperado. Ningún familiar respondió la nota. Ni para ofrecerse, ni para avisar que no podía.
Una oportunidad única —sobre todo para chicos que, aun viviendo en la ciudad, nunca habían esquiado— quedó al borde de cancelarse. No por falta de recursos. No por problemas organizativos. Sino por la ausencia total de respuesta.
La escena no habla solo de una dificultad puntual. Invita a preguntarse qué hay detrás de ese silencio. ¿Falta de tiempo? ¿Desinterés? ¿Cansancio? ¿Distancia con la escuela?
Tal vez no haya una única explicación. Pero sí deja en evidencia algo inquietante: cuando la comunicación se interrumpe por completo, el vínculo se debilita.
Y sin ese vínculo, la escuela corre el riesgo de transformarse en un servicio que debe intentar funcionar sin la participación de quienes forman parte esencial de la comunidad educativa: las familias.
¿Qué tipo de vínculo se construye cuando la comunicación se vuelve unilateral?
¿Puede sostenerse una comunidad educativa sin participación?