Mientras escribo este artículo me invade una emoción difícil de sobrellevar: una mezcla de desánimo, cansancio y preocupación. En ciertas escuelas —me atrevería a decir que en muchas— los padres simplemente han desaparecido. No físicamente, sino en algo mucho más profundo y doloroso: en su presencia real en la vida escolar de sus hijos.
A veces los veo de lejos, merodeando cerca del horario de entrada o esperando la salida. Algunos «depositan» a los chicos en la puerta y se van rápido; otros ni siquiera eso: los niños llegan solos a la escuela y se van del mismo modo.
Muchos chicos están solos…
Solas quedan sus tareas.
Solas sus dudas.
Sola la responsabilidad de acordarse qué hay que estudiar, qué hay que llevar, qué hay que firmar.
Solas también sus emociones: el miedo, la frustración, la tristeza de un día difícil en la escuela y no tener con quién compartirlas.
En la vida de los chicos, falta ese adulto que los escuche con interés y atención plena.
Del otro lado hay silencio. Aunque sé que las familias existen y podrían acompañar el proceso educativo, por alguna razón —cultural, laboral, social o ideológica— han decidido delegar casi todo en la institución. Incluso cuestiones básicas que exceden ampliamente lo pedagógico: hábitos, valores, normas mínimas de convivencia. Como si también fuera tarea del maestro enseñar a decir «por favor» y «gracias».
Resulta paradójico: vivimos en una época de comunicación permanente, de mensajes instantáneos, de grupos, plataformas y notificaciones… y, sin embargo, la distancia entre escuela y familia parece cada vez mayor.
La información circula, pero no así el compromiso. Las palabras se dicen, pero no siempre se sostienen. Y la coherencia —esa que debería unir el discurso con la acción— se diluye.
Los padres existen, pero no están.
No están para explicar por qué su hijo no estudió.
No están para acompañar un proceso de aprendizaje que requiere constancia.
No están para sostener límites, rutinas, hábitos.
Simplemente han decidido —quizás sin decirlo— que hay otras cosas más importantes.
Y aquí es necesario decirlo con claridad: la familia es insustituible en la vida de un niño. La escuela no puede ni debe ocupar ese lugar. Puede acompañar, orientar, complementar, pero jamás reemplazar. Cuando eso se intenta, el sistema entero se resiente y quienes pagan el precio más alto son los chicos.
«La familia es insustituible… La escuela puede acompañar, pero jamás reemplazar.»
Es momento de volver a poner este tema sobre la mesa, sin eufemismos ni rodeos. Ser padre o madre implica derechos, pero también responsabilidades. Y asumirlas no es una opción: es parte del rol.
Hay mucho en juego.
Demasiado.
Si hoy revisamos nuestras prioridades, ¿qué lugar ocupa el acompañamiento real —no solo el logístico— en el día a día escolar de nuestros hijos?