No autorizo a mi hijo a ser fotografiado

De la protección a la exclusión

Profesor Horacio · 3 min.

En este artículo quiero poner el foco en la negativa de algunas familias a autorizar que sus hijos sean fotografiados con fines educativos.

A comienzos de cada ciclo lectivo, las escuelas suelen entregar a las familias una autorización formal para que indiquen si permiten o no que su hijo aparezca en fotografías o registros audiovisuales institucionales.

En la mayoría de los casos, la respuesta es afirmativa. Pero siempre hay una minoría que marca el casillero del «NO». Y ahí empieza el problema.

La primera pregunta que inevitablemente surge es si esa postura tan restrictiva se sostiene en todos los ámbitos de la vida social del niño.

Porque, si fuéramos coherentes, esos padres tampoco deberían permitir que otros adultos —familiares de compañeros, por ejemplo— tomen fotografías durante un acto escolar, un cumpleaños o una salida grupal.

Y sin embargo, eso casi nunca ocurre.

El celular ajeno no parece tan peligroso como la cámara de la escuela.

También cabe preguntarse qué grado de confianza tienen estas familias en la institución educativa.

Porque negarse sistemáticamente al registro fotográfico no habla solo de «cuidado» o «protección», sino muchas veces de una sospecha latente: miedo al uso indebido, desconfianza hacia los docentes, temor a una exposición que no se termina de comprender o dimensionar.

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Fotografía en escala de grises de un guardapolvo escolar blanco sobre un fondo de papel arrugado con textura. El guardapolvo tiene un gran sello de estilo stencil que dice "PROPIEDAD PRIVADA" cruzado sobre el pecho.

¿Padres o dueños?

¿Padres o dueños? Una reflexión necesaria sobre los límites de la autoridad parental, el rol de la escuela como espacio público y el niño como sujeto de derecho.

Todo eso merece, como mínimo, una conversación abierta y honesta, y no una simple cruz en un formulario.

Ahora bien, hay un aspecto que rara vez se pone sobre la mesa y que resulta fundamental: el impacto emocional en los chicos.

Cuando un docente documenta una actividad, un proyecto, una experiencia significativa, y debe dejar a un niño fuera de la foto porque «no está autorizado», ese niño no vive la situación como un acto administrativo. La vive como exclusión.

Se entristece, se siente diferente, señalado, apartado del grupo. Y ese daño simbólico no figura en ningún consentimiento informado.

Paradójicamente, en nombre de la protección, se termina vulnerando otro derecho: el derecho a sentirse parte. Parte del grupo, parte de la experiencia, parte de la memoria colectiva que la escuela va construyendo día a día.

Mientras tanto,

…la modernidad irrumpe con fuerza
…la documentación pedagógica se vuelve cada vez más central
…las escuelas intentan mostrar procesos y no solo resultados.

Pero la institución escolar sigue muchas veces atrapada en legalismos rígidos, poco discutidos y mal pensados, que se aplican de manera automática, sin reflexión pedagógica ni escucha genuina.

Y, como suele ocurrir, la voz que menos se considera es la de los chicos.

Chicos que hoy tienen más derechos reconocidos en el plano legal, pero cuya opinión sigue siendo sistemáticamente ignorada en las decisiones que los afectan directamente.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de tratar este tema como un trámite burocrático y empezar a discutirlo en serio: con las familias, con los docentes y también con los estudiantes.

Porque educar no es solo enseñar contenidos, sino también construir comunidad, pertenencia y sentido.

Y eso, claramente, no entra en un casillero de “sí” o “no”.

Para pensar

Si confiamos a nuestros hijos al cuidado de la escuela durante tantas horas,
¿por qué nos cuesta tanto confiar en su criterio para registrar los procesos de aprendizaje?
¿Es protección real o es una desconfianza que termina afectando el sentido de pertenencia de los chicos?

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