¿Quién soy?

Cómo llegué a la docencia y qué aprendí en el camino

Me llamo Horacio Luciano Smidt.
Soy docente de Nivel Primario y recientemente, de secundario, y trabajo principalmente en escuelas de la ciudad de San Carlos de Bariloche, aunque me he desempeñado también en otras jurisdicciones.

Durante mi adolescencia nunca imaginé que iba a ser maestro. No era de esos a los que “les gustaba enseñar” o que demostraba un especial interés en la pedagogía. Para ser sincero, me interesaba arreglar radios y televisores.

Llegué a la docencia casi por descarte: estudié para maestro porque era una carrera posible, accesible y con una salida laboral relativamente segura.

Y, sin embargo, pasó algo que no esperaba.

Empecé a trabajar en escuelas y descubrí que disfrutaba profundamente acompañar a chicos y adolescentes en su crecimiento. No desde un lugar idealizado, sino desde la cotidianeidad real del aula: con sus tiempos, sus conflictos, sus vínculos, sus preguntas y, sobre todo, sus reacciones.

Después de más de veinte años de trabajo docente, llegué también a una conclusión incómoda: la escuela, tal como está organizada hoy, es una estructura profundamente desfasada de la vida real. Una institución que, en muchos casos, no logra ser significativa, ni humana, ni verdaderamente transformadora para miles de chicos y adolescentes que pasan allí una parte enorme de sus vidas.

A lo largo de estos años vi multiplicarse especialistas, postítulos, capacitaciones y discursos cada vez más sofisticados. Sin embargo, este crecimiento nunca tuvo como correlato un impacto real en las aulas. No creo que el problema de la educación se explique por falta de estudios formales: creo que tiene más que ver con haber confundido acumulación de títulos con mejora educativa.

En la práctica cotidiana, lo que más transforma a un docente no suele venir de un curso, sino del aula misma: de la escucha atenta, del feedback permanente que brindan los estudiantes, de la capacidad de leer lo que funciona y lo que no, y de ajustar el rumbo una y otra vez.

Con el tiempo también comprendí que la vocación, por sí sola, no alcanza. Cuando se la romantiza, se vuelve una idea peligrosa: se espera que el docente sostenga en soledad aquello que debería garantizar el sistema.

Para que la docencia resulte una tarea gratificante y verdaderamente transformadora se necesitan equipos de trabajo, tiempos reales para planificar y condiciones adecuadas para sostener una propuesta de calidad.

En este sentido, muchas de las experiencias que comparto en este blog nacieron de la vocación y del deseo personal; hoy sé que esas propuestas no deberían depender de una “gesta heroica” sino de un trabajo articulado con otros.

Este sitio nace desde esa mirada.

No como un manual de recetas, ni como un espacio de verdades cerradas, sino como una invitación a pensar la escuela de otra manera: más humana, más significativa, más honesta con el tiempo en el que vivimos. Una escuela donde el aprendizaje conectado con la vida, el juego, el disfrute y el pensamiento crítico sean parte indisoluble de la experiencia educativa.

Si la escuela va a ocupar tantos años de la vida de chicos y jóvenes, vale la pena preguntarse —en serio— hacia dónde deberíamos dirigirnos.

Ese es el trabajo que propongo empezar a hacer, entre todos.